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Esquila de ovejas y “latas"

Dos palabras de introducción

En 1869 apareció en Londres un curioso libro titulado “Pioneering in the Pampas or the First four Years of a Settler experience in La Plata Camps”. De su autor, Richard A. Seymour poco se conocía y poco es lo que pudo averiguar, cuando en 1947 Justo P. Sáenz (h) lo tradujo por primera vez al español. La obra narra las experiencias de un poblador en campos de frontera, a mediaciones de la entonces localidad de Frayle Muerto, hoy Bell Ville, expuesto a las periódicas incursiones de los indios. Es un libro atractivo, bien escrito y por momentos fascinante para los que nos interesamos en las Memorias y narraciones autobiográficas y que además, nos hace reflexionar sobre la audacia de estos ingleses que, aventureros al fin, recorrían el mundo y se establecían en lugares insólitos y peligrosos, a muchos kilómetros de distancia de la cultura de su país, en su afán de labrarse un porvenir promisorio. Pero este libro de Seymour trae además una minuciosa información sobre la vida rural, como buen y agudo observador de nuestras costumbres. El fin de este pionero inglés era introducir majadas de ovinos británicos para la explotación de la lana que, además, en esa zona de frontera, no eran animales codiciados por los indios, ya que la oveja es muy lenta para caminar en los arreos de los malones y tiene la tendencia de volver a su antigua querencia. Finalmente, luego de cuatro años, desde marzo de 1865 en que llegó al país hasta su alejamiento de vuelta a Inglaterra en octubre de 1868, escribió esta obra testimonial tan interesante.

Y para nosotros los numismáticos, tiene un capítulo especial donde describe minuciosamente los métodos empleados en la esquila y las consabidas “latas” que se utilizaban para contabilizar los vellones de lana. O sea que este testimonio confirma que las más antiguas, ya usadas en 1866, eran simplemente discos de latón con la marca de la estancia que las emitía. Pero no demoremos en dar la palabra a Mr. Richard, que trata el tema exhaustivamente en su capítulo quince.

“Como aún no habíamos tenido tempo de construir el galpón, sitio donde habitualmente se practica la esquila, improvisamos como se pudo, un precario cobertizo, y favorecidos por la sombra de unos pocos árboles situados en la parte exterior del foso (1), obtuvimos un lugar aparente para la faena. Como el corral, en donde comúnmente encerrábamos una de las majadas durante la noche, estaba situado cerca de estos árboles, sólo tuvimos que levantar otro más pequeño al cual se pudieran introducir de a poco, un número limitado de ovejas, listas para ser agarradas y pasadas a los esquiladores. Existía una pequeña puerta de comunicación entre este último corralito y el piso de tablas donde se realizaba el acto directo de cortar la lana.

El procedimiento comenzaba con unos hombres que apresando y maneando los animales, los dejaban así tendidos en el suelo y prontos para ser esquilados.

En esa oportunidad teníamos unas cuatro mil ovejas, de manera que la esquila se hacía en pequeña escala. Duró la tarea unos cinco días, tiempo en la trabajábamos desde el alba hasta la caída de la tarde deteniéndonos únicamente para dormir una muy corta siesta.

Los vellones eran atados sobre una mesa y después colocados dentro de una bolsa que se mantiene suspendida por la boca, de un tirante del techo (cuando, como en el caso nuestro, el establecimiento no cuenta con una prensa de lana). La dicha bolsa cuelga pues sin tocar el suelo y se le echan dentro algunos vellones, después de lo cual un hombre se mete en su interior y pisa la lana aplastándola todo lo posible. Luego se le agrega más lana y se continúa la operación hasta que la bolsa queda repleta. A todo esto, la cabeza del pisador se va elevando gradualmente fuera del saco a medida que este se va llenando.

El procedimiento comenzaba con unos hombres que, apresando y maneando los animales, los dejaban así tendidos en el suelo y prontos para ser esquilados.

Los esquiladores, a medida que terminaban con cada oveja, las iban dejando levantar y marcharse, mientras gritaban. -¡Lata! o ¡Vellón!, según fuese el caso. Lata significa la chapita de metal que se entrega a cuenta de cada vellón extraído y que recibe este nombre porque generalmente está hecha de un pequeño trozo de lata, con la marca de la estancia estampada en el centro.

La distribución de las latas está a cargo de uno de los patrones, quién naturalmente, antes de darla se fija si los vellones son alzados del suelo por el peón designado para recogerlos y depositarlos sobre la mesa, donde se enrollan y atan. No es conveniente encargar a un novicio esta operación, ya que de fijo sería engañado por los esquiladores, afectos a toda suerte de astucias y triquiñuelas, como la de presentar un vellón dividido en dos porciones.

Ficha de esquila

Un peón hábil, algunas veces esquila en un día ciento cincuenta o más ovejas, contándoseme, aunque no pueda garantizar la veracidad de esto, que un hombre y su mujer una vez habían llegado a pelar doscientas noventa en una jornada. Se dice también que las mujeres son tan buenas esquiladoras como los hombres, aunque no tan rápidas y que ejecutan esa tarea con más prolijidad, infligiendo rara vez tajos a la oveja (2).

Se tiene siempre a mano un tarro de alquitrán y un pincel y cuando una oveja recibe un corte peligroso, el esquilador llama al médico para que le aplique un poco de este ungüento como remedio. Quedando muy lastimado el animal, el patrón se abstiene de pagar la lata, siendo ésta la única forma de controlar a los gauchos, quienes de otra manera tajearían a los pobres animales, sin hacer caso nada más que del número de latas que pudieran reunir por día.

Tan pronto como la esquila hubo terminado – continúa su relato Mr. Seymour – llevamos un lote de lana a Fraile Muerto, donde ya lo teníamos vendido. El precio allí había bajado desde el año anterior.

Con todo lo obtuvimos allí tan bueno como en cualquier otra parte de la República. Esta depreciación de la lana resultaba, naturalmente, muy perjudicial para todos los ovejeros. La terminación de la guerra de Secesión Norteamericana, que permitía y permite el usual suministro de algodón a Europa, fue la causa principal de esta baja. Y ahí fue el fracaso de los numerosos ganaderos, que en estos últimos años, por todo el mundo, se han lanzado a la cría del ovino, confiados en que el valor de la lana no decaería”.

Demás está decir que, después de esta experiencia, Mr. Seymour, decidió dejar de lado la cría de ovejas y dedicarse de lleno a la agricultura, que prometía ser empresa más lucrativa, porque el precio del trigo estaba en aquel momento a la par del de Inglaterra. Pero después de cuatro años de lidiar con gauchos e indios en una tierra inhóspita volvió a Inglaterra, donde seguramente la impresión de su libro, le debe haber compensado económicamente, por lo menos en parte, sus pérdidas sudamericanas.

Ficha de esquila


(1) El foso, rodeando las “poblaciones”, las protegían aunque precariamente, contra las incursiones de los salvajes.

(2) Era muy común en otro tiempo en nuestras campañas, que en las “comparsas” (ese nombre recibe en toda la Argentina la cuadrilla de esquiladores contratados) viniesen a trabajar muchas mujeres jóvenes acompañando a sus maridos o concubinos, siendo fama que lo hacían tan bien o mejor que los hombres. (nota de J.P. Sáenz)


Richard Arthur Seymour

Publicado en Cuadernos de Numismática - N° 113 - Octubre 2000 - pág. 7